La historia del librito

Todo maestro tiene su libro. Esta afirmación genera muchas preguntas: ¿por qué no siempre habla de él?, ¿por qué no sugiere que lo consultemos?, ¿dónde está?, ¿cómo se puede adquirir? ¿Ese supuesto libro contiene todo el conocimiento de un maestro o una parte de él?, ¿si es una parte, cuál de ella y por qué no otra?, ¿Un solo libro será suficiente por maestro?

Una pregunta más: ¿el librito funciona con todo tipo de conocimiento?

Parece que existen al menos dos tipos de conocimientos, y que andan por mundos separados. Uno de ellos es el conocimiento tradicional que dice “todo maestro tiene su librito” y el conocimiento procedente de la pedagogía como disciplina científica, que rige un tema referido a los “planes de clases”.

La idea de un librito se explica por lógica dialéctica; es decir, independiente de las formas de conocimiento.

En el librito están contenidas las formas abstractas del conocimiento del maestro, y el estudiante es quien va llenando esas formas de contenido.

La idea del plan de clases es muy difundida. Hace referencia a un documento que nos orienta como docentes a impartir una clase.

¿Se nota la diferencia entre ambos constructos?

Un libro es la respuesta a la necesidad de la humanidad de hacer frente a una cuestión fundamental: la forma de preservar y transmitir su cultura, es decir, sus creencias y conocimientos, tanto en el espacio como en el tiempo. Ante esta idea de libro, es muy cuestionable la sugerencia de un plan de clases. Algo que define en su uso la unidad mínima de expresión del hecho educativo. Determina que, en tu vida de estudiante, maestro, director de escuela y hasta las direcciones de educación tengas que haber pasado por muchos planes de clases.

Si cada maestro tuviera su librito, se perdería menos (tiempo, papel, sueños…) y se ganaría más (conocimiento)

La idea del libro tiene historia. Es la Biblia, el medio que transmite la palabra de Dios, según las religiones judía y cristiana. Hasta el 2008 había sido traducida a 2454 idiomas. Los textos que componen la Biblia[1] fueron escritos a lo largo de aproximadamente 1000 años (entre el 900 a. C. y el 100 d. C.), todos están colocados en una sola idea de libro…

Pero la escuela es diferente. Los maestros no tienen ni idea de qué significa tener un librito. Caso contrario no harían planes de clases y defenderían la idea de poder utilizar su libro. Yo no me siento maestra, sino una persona que camina con su librito. Por eso tanta gente anda con sus libros a cuestas.

José Martí[2] retomó la idea del libro. Un libro era parte de la trinidad que, en su opinión, todo ser humano debía procurar: «Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro».

Si Martí fue un gran maestro y humanista no les pediría a sus conciudadanos nada imposible. Por eso no les pidió hacer los planes de clases. Yo soy maestra y este es mi libro.

 


[1] La palabra Biblia procede, a través del latín biblĭa, de la expresión griega τὰ βιβλία τὰ ἅγια (ta biblía ta hágia; ‘los libros sagrados’), acuñada por primera vez en el Primer Libro de los Macabeos 12:9,4 donde βιβλία es el plural de βιβλίον (biblíon, ‘papiro’ o ‘rollo’ y, por extensión, ‘libro’).5 Se cree que este nombre nació como diminutivo del nombre de la ciudad de Biblos (Βύβλος, Býblos), importante mercado de papiros de la antigüedad.

[2] José Martí es considerado el precursor del Modernismo en Latinoamérica, un movimiento literario que explotaría en el continente latinoamericano con Rubén Darío. Esto se observa especialmente en el prólogo que escribe en sus Versos libres, donde defiende el valor de la originalidad de la poesía nacida de las entrañas (“Éstos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados.”) frente al metodismo de los poetas anteriores.

 

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